Entre habanos es un fresco… es un país

La Cuba de los increíbles años ochenta del siglo XX es vista en Entre habanos desde el ¿micro? mundo de una tabaquería en el pueblo de Güira de Melena. La emigración, la culpa, el amor, el sexo, la homosexualidad, la alegría, los miedos… fluyen aquí como el humo denso y azul de un puro. La cotidianidad del país y las vidas de un grupo de personas re-unidas por la tarea común del torcido manual de los famosos habanos, son los hilos principales en la trama de esta, la más reciente obra literaria de Juan Carlos Roque García. Cada personaje con su cruz, o ayudando a cargar la ajena, hacen de sus historias una sola. Como telón ¿de fondo? la lectura de las noticias de la prensa —escuchadas y comentadas sotto voce por los obreros mientras cortan, estiran y tuercen hojas— y, para no enajenarse con tanta realidad, también literatura de Shakespeare, Hemingway, García Márquez, Carpentier, Jorge Amado. Un mundo ¿ficticio? cortado y torcido, también a mano, letra a letra, por el autor.

Prólogo de Reinaldo Cedeño

Fray Lorenzo entra a la cripta, pero halla muerto a Romeo. Grita. La estrategia para salvar a los recién casados, a los amantes clandestinos, ha terminado mal. Julieta se dará cuenta cuando regrese del coma inducido…

Es Shakespeare, sí. Es la tragedia. Sin embargo, no estamos en Verona, ni en el teatro isabelino. Es la voz de Ignacio, lector de tabaquería, que comparte el final de la obra, mientras sus oyentes tuercen los habanos Romeo y Julieta en Güira de Melena, en La Habana interior.

Todo parece lejano, pero las pasiones permanecen intactas. Al fin, todo se trata de la eterna batalla entre el amor y el odio, por encima de las trincheras de nuevos Montescos y nuevos Capuletos. La novela de Juan Carlos Roque García, en su debut en este género narrativo, está impregnada de estos intertextos. Ese entretejido múltiple resulta la marca de Entre Habanos, tal vez su hebra más especial.

El legendario y singular oficio de lector de tabaquería, le permite al autor insertar de manera natural, lo mismo textos literarios que acontecimientos que marcaron siete años (1979-1985) de la mayor isla del Caribe. Es más, diría que se convierte en personaje imprescindible de la trama.

“Mientras cortan y estiran las hojas, y tuercen los habanos, y vuelven a cortar, a estirar y a torcer, fluyen entre los tabaqueros los comentarios sobre sucesos del día y, más allá de eso, sobre lo humano y lo divino que cualquiera entre corte y corte de hoja pueda traer a colación”, escribe el autor.

Las letras de Hemingway, Jorge Amado o García Márquez, tocan a los personajes de la novela, tiran de ellos; lo mismo que acontecimientos reales de la Cuba de los ochenta como los acaecidos en la embajada del Perú, la terrible epidemia de dengue hemorrágico, la invasión a la isla de Granada o la inauguración de la textilera Celia Sánchez Manduley, vendida entonces como la más grande de América Latina y que a la larga resultó un esfuerzo fallido. 

Ese empeño contextualizador, esas revisitaciones ―incluso algún que otro guiño―, develan la estatura de Juan Carlos Roque García como documentalista y comunicador, probada en las más diversas geografías de este mundo. 

Una vez instalados en la tabaquería, como escenario y afluente principal, cuidando que no se derrame una gota de sudor sobre la delicada hoja, en medio de la galera calurosa, nos sumergimos en las conversaciones. La novela apuesta al diálogo como vibra. El ritmo es incesante. La ironía emerge.  

Entre Habanos alcanza sus mejores momentos en la construcción de atmósferas. Cuando suenan las chavetas contra el madero, las podemos escuchar. Cuando el eros de los personajes se derrama, algo nos sacude, algo nos recorre:

—Ven, sígueme… déjate llevar por los olores, que seguro tienes hambre…
—Sí, incluida hambre de ti.
—Pues cómeme, como yo te comeré a ti.
—Pero antes dime qué hacemos aquí.
—Te lo diré poquito a poco. Ahora déjate llevar por tu intuición y por los deseos. Acompáñame a la cocina.
—Sigo sin entender.
—Lávate las manos y ayúdame a poner la mesa mientras yo pico estos tomates. O pícalos tú y yo me encargo de preparar la mesa.
—Dale, te pico los tomates, que eso se me da bien. Como están un poco verdosos puedo pelarlos. ¿Te parece?
—Demuéstrame que sabes desvestir el tomate.
—Tanto como te sé desvestir a ti…
—¿De veras? Yo iría a más. Ya que estamos solos, juguemos a comer más ligeros de ropa —propone Paca.

La novela hace desfilar delante nuestro a Manolo, a Paca, a Dani, a Trini, a personajes trazados de manera entrañable. Hace desfilar la lucha por suplir las carencias, la amistad como escudo, el precio del perdón, las confesiones. Y el eterno drama: los que se van y los que se quedan, con sus surcos interiores a cuestas.      

Entre habanos es un fresco. No queremos que se nos escape al cerrar la última página. Y no lo hará, porque ya Güira ―esa que nos abre su autor en estas páginas―, es un ardor. Es un país.

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